
Me dicen que espere. Que no corra ni huya a trompicones, que si te quedas quieta no te persiguen y el peligro te esquiva. Como cerrar los ojos y sentir que desapareces, que no te ven, que si te encuentran con los párpados cosidos es como si no estuvieras. Afino el oído, ni siquiera el viento consigue llegar hasta él, forma un remolino en los pliegues del cartílago: su silbido me inquieta. Porque ese silbido puede venir del aire, o puede venir de dentro. Un grito de las vísceras, del corazón arrugado, los pulmones ennegrecidos y el estómago anudado. El recuerdo de la víspera que se va deshaciendo por culpa del enganchón en la tela, límate las uñas, porque me estás dejando sin paños que me cubran.
Como cuando llenaba de aire la cabeza y apretaba debajo de la piscina: notaba salir el aire por el lacrimal, hacía burbujas; ya no hago presión, noto resbalar las lágrimas por la garganta. Trago.
Escupo flema.
Llorando viento y viviendo en una ceguera autoimpuesta. Oyendo con los ojos y tocando con palabras, la suavidad de una ostia y la sospresa ante una palabra inapropiada.
Pero aprópiate de mí, trátame mal, porque me sigue gustando el sabor de las lágrimas aunque no sean dulces, prefiero el sabor a mar. Conseguir que sean amargas como la hiel, que sea como masticar un grano de café y que no me guste sentirlas, perderles el gusto y que vuelvan a aflorar de donde deben, es mi máxima.
No quiero que las olas me ahoguen y se lleven tras de sí las palabras que te dediqué en la arena. Quiero recuperar el orden de los sentidos, reir mi risa, llorar las lágrimas, escuchar el viento, ver con los ojos y tocarte con las yemas de los dedos, con los surcos de la piel. Teñir con mis lunares. Capitanea mi barco y llévame a todos los lugares. Invitémosle a la luna a un whisky doble, que nos vea bailar un chotis desnudos, y que sea la mejor peli porno de las que vea esa noche.
Y después, consumirme a la par que un cigarro. Hasta el próximo chotis.
El calendario pierde hojas a ritmo vertiginoso, es lógico, al fin y al cabo estamos en otoño. El hoy se transforma en antaño rápido, y dejan de vivirse las cosas para recordarlas. Otra vez, cerrar los ojos y sentir que desaparezco, que no me ven, que si me encuentran con los párpados cosidos es como si no estuviera.
Llorando viento y viviendo en una ceguera autoimpuesta. Oyendo con los ojos y tocando con palabras, la suavidad de una ostia y la sospresa ante una palabra inapropiada.
Pero aprópiate de mí, trátame mal, porque me sigue gustando el sabor de las lágrimas aunque no sean dulces, prefiero el sabor a mar. Conseguir que sean amargas como la hiel, que sea como masticar un grano de café y que no me guste sentirlas, perderles el gusto y que vuelvan a aflorar de donde deben, es mi máxima.
No quiero que las olas me ahoguen y se lleven tras de sí las palabras que te dediqué en la arena. Quiero recuperar el orden de los sentidos, reir mi risa, llorar las lágrimas, escuchar el viento, ver con los ojos y tocarte con las yemas de los dedos, con los surcos de la piel. Teñir con mis lunares. Capitanea mi barco y llévame a todos los lugares. Invitémosle a la luna a un whisky doble, que nos vea bailar un chotis desnudos, y que sea la mejor peli porno de las que vea esa noche.
Y después, consumirme a la par que un cigarro. Hasta el próximo chotis.
El calendario pierde hojas a ritmo vertiginoso, es lógico, al fin y al cabo estamos en otoño. El hoy se transforma en antaño rápido, y dejan de vivirse las cosas para recordarlas. Otra vez, cerrar los ojos y sentir que desaparezco, que no me ven, que si me encuentran con los párpados cosidos es como si no estuviera.