12 enero, 2007

Cristales





Simplemente dejarse arrastrar… sin prisa pero sin pausa, para poder saborear cada ínfimo detalle. Degustar la sencillez de un caramelo de fresa que a la larga tiñe tu lengua y su sabor persiste, sin masticar, sin dejar que el ansia lo destroce. Lo importante no es tenerlo (¡corre al estómago! Ahí estarás seguro) sino sentirlo.






He mirado a través de la ventana y todo se deforma. Malditos cristales que hacen las funciones de nuestros malditos ojos. Tener que asomar medio cuerpo, a riesgo de tu integridad, para poder vislumbrar el cielo. Tétrico cubículo que habitas. Los patios parecen esperar que caiga la barra alargada y roja del tetris, llenar su vacío, sumergirnos en la oscuridad total. El olor a cocina, la sintonía de telediario, las bragas tendidas, la chica que fuma a escondidas. Todos ellos sin miras a la calle. La tiniebla de un bloque.

Brillan las cristaleras del cogollo financiero de Madrid, les han robado los destellos a las caras. Qué diferente se ve todo desde una terraza. El bullicio del tráfico y los espectros en traje de chaqueta. Al banco, a hacienda, a la seguridad social, a tomarse el café. Las reuniones de fumadores, que tienen que bajar varias plantas para poder darse el gusto. El café cuando llegan; el de media mañana, el pinchito. Siempre hay alguien observándoles también desde algún banco. Jubilados con el periódico doblado junto a ellos en el asiento, con el perro tumbado debajo lamiéndose las patas. Observan en silencio. Pasa rápido la gente: sola, en grupos. Pocos (muy pocos) vestidos con el mono, azul visible (no el de las adicciones, sino el de las obligaciones,) con un litro entre las piernas y el bocata en las manos. La hora del bocadillo. Sueñan con los coches de alta gama aparcados que no pagan ORA, la matrícula de diplomático, el chofer, los cristales tintados. En cada esquina un guardia civil o un policía nacional que miran con indiferencia la doble fila.

Y aquel hombre de espalda encorvada empuja el carro de sus pertenencias mientras el resto se aparta…
Simplemente dejarse arrastrar… sin prisa pero sin pausa, para poder saborear cada ínfimo detalle. Degustar la sencillez de un caramelo de fresa que a la larga tiñe tu lengua y su sabor persiste, sin masticar, sin dejar que el ansia lo destroce. Lo importante no es tenerlo (¡corre al estómago! Ahí estarás seguro) sino sentirlo.

He mirado a través de la ventana y todo se deforma. Malditos cristales que hacen las funciones de nuestros malditos ojos. Tener que asomar medio cuerpo, a riesgo de tu integridad, para poder vislumbrar el cielo. Tétrico cubículo que habitas. Los patios parecen esperar que caiga la barra alargada y roja del tetris, llenar su vacío, sumergirnos en la oscuridad total. El olor a cocina, la sintonía de telediario, las bragas tendidas, la chica que fuma a escondidas. Todos ellos sin miras a la calle. La tiniebla de un bloque.

Brillan las cristaleras del cogollo financiero de Madrid, les han robado los destellos a las caras. Qué diferente se ve todo desde una terraza. El bullicio del tráfico y los espectros en traje de chaqueta. Al banco, a hacienda, a la seguridad social, a tomarse el café. Las reuniones de fumadores, que tienen que bajar varias plantas para poder darse el gusto. El café cuando llegan; el de media mañana, el pinchito. Siempre hay alguien observándoles también desde algún banco. Jubilados con el periódico doblado junto a ellos en el asiento, con el perro tumbado debajo lamiéndose las patas. Observan en silencio. Pasa rápido la gente: sola, en grupos. Pocos (muy pocos) vestidos con el mono, azul visible (no el de las adicciones, sino el de las obligaciones,) con un litro entre las piernas y el bocata en las manos. La hora del bocadillo. Sueñan con los coches de alta gama aparcados que no pagan ORA, la matrícula de diplomático, el chofer, los cristales tintados. En cada esquina un guardia civil o un policía nacional que miran con indiferencia la doble fila.

Y aquel hombre de espalda encorvada empuja el carro de sus pertenencias mientras el resto se aparta…