
A veces ocurre que la realidad se atropella ante ti en forma de imágenes, imágenes tan dispares que parecen simples bocetos. Se diferencian tanto unas de otras, que cuesta asimilar que convivan bajo un mismo marco. Contrastes.
Les sitúo. Una estación de autobuses. Hora Punta. Cientos (por tirar a la baja) de robots con aspecto humano se cruzan entre sí buscando su dársena y tratando de no morir por intoxicación de dióxido de carbono. Caminan sin percatarse del otro, cabizbajos, o mirando por encima, y a través, de la gente. Nadie presta atención a un par de ojos que, a diferencia del resto, no tienen nada más que hacer excepto mirar, observar el ajetreo de la ciudad. Una ciudad que hace la vista gorda cuando descubre que esos ojos ayudados de unas manos vestidas de luto, revuelven la basura repleta de envoltorios. Y con ansia, llevan a la boca migajas, desechos de la muchedumbre. Incapaces de soltar un chavo. “¿Para que se lo beban y se “endroguen”? ¡Sí, hombre! ¡Que trabajen!”. Incapaces de comprar cualquier chuminada alimenticia y dársela. No,no, mejor tirar el borde del bimbo, que no me gusta.
Y así, con rabia en el estómago (no hambre) y el corazón volteado, te subes al autobús. Habiéndote sentido incapaz de mirarle al alma, e indigno de su gratitud; sigues sintiéndote culpable. Un donut es una mierda. Vuelta a los empujones y a la aglomeración. El busero saborío que no responde a tus buenos días, contra el amable conductor de la EMT que te los devuelve, concediéndote, como propina, una amplia sonrisa. Y oigan, las sonrisas a día de hoy parece que salen caras. La vieja que no gasta de eso y con cara de malas pulgas te hace la ficha completa mientras aprieta el bolso con recelo contra su cuerpo. La abuela que no acepta tomar asiento cuando se lo cedes –gracias,hija- sesea gracias a su mellada dentadura –si me bajo en la siguiente- y tú te quedas de pie por si decide cambiar de opinión.
Afinar el oído, alguien le grita al móvil porque no oye. Curiosa tendencia la nuestra. Y de fondo, un “píopío” ilocalizable; quizás haya un gorrión encerrado en el conducto del aire, te planteas. Descubres a un niño de unos seis años, con los ojos brillantes de entusiasmo, mirando por la abertura de una caja de cartón agujereada. Fin del misterio.
¡Ay, niño! Si tú supieras que la ilusión que te desborda llegará a su fin, que nada es eterno, y la vida se dobla sobre sí misma. Primero perderás el interés. Y un día encontrarás a tu pajarillo boca arriba, en su jaula, de la que no consiguió escapar. Quizás fuera de ella no hubiera vivido mucho, eso dicen. Eso nos dicen. Fin del piar. Que no llores mucho; al final siempre acaba cayendo la moneda por la cara a la que no apostaste.
(…)