12 septiembre, 2005

Juicios Rápidos

Creo que uno de los mayores errores que cometemos en general cada uno de nosotros, es juzgar las actuaciones de otros, no en el sentido artístico de la palabra, sino en el de llevar a cabo distintas acciones conforme a las circunstancias que lo rodean.
Y es que, haciendo referencia a Ortega y Gasset, "yo soy yo y mis circunstancias", y nunca estaremos a la altura de conocer las de otros al 100%. Desconocemos sus experiencias previas, base para tomar una determinación u otra según las consecuencias anteriores. Circunstancia: 1- Accidente de tiempo, lugar, modo, etc., que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho. 2- Conjunto de lo que está en torno a alguien; el mundo en cuanto a mundo de alguien. ¿Y quiénes nos creemos para conocer el mundo de alguien en profundidad?. No estoy hablando de desenmarañar la mente de psicóticos paranoicos con una visión totalmente distorsionada, que para eso ya están los médicos, sino de analizar las relaciones entre personas y la manera que tenemos de juzgarlas creyendo conocer todos los detalles de la historia.
Sobretodo cuando formas parte de las circunstancias de alguien, y ese alguien de las tuyas. Estamos implicados y creemos conocer el entorno del otro, permitiéndonos el lujo de ponernos en su lugar para, posteriormente, adoptar el papel de justicieros. Creemos comprender el contexto pero nos olvidamos de nosotros, condicionados por nuestras propias experiencias, sin percatarnos de ello y, en la mayoría de las veces, equivocados. Lo que es más, en situaciones como ésta, tenemos un punto de vista carente de objetividad por mucho que tratemos de acercarnos a ella. Dicen que la objetividad no existe, cosa con la que estoy de acuerdo, pero sí pienso que podemos aproximarnos bastante si mantenemos las vísceras frías. El problema es que en algunas relaciones esto resulta sumamente complejo, ciegan. Por compasión, por interés, por amor, por amistad. Y aquí es cuando con más seguridad creemos tener la verdad en nuestro poder, la solución, el eureka en la boca. Nos olvidamos de nuestra celda, juzgamos desde dentro. Y muchos, tiramos la llave al río. Como cualquier sitio cerrado a cal y canto adquiere ese tono grisáceo, la sensación sombría que lo envuelve, el hermetismo que invita a desalojar con rapidez. Vivimos en un zulo.
Y teniendo zulos como circunstancias, ¿quiénes somos para ponernos la toga y dictar sentencia sobre los otros?. Confiando en el equilibio que nos rodea y basándome en la propia experiencia, creo que a lo único que nos lleva jugar con el disfraz de juez es a vernos mañana sentados en el banquillo de los acusados, quizás tras un intercambio de papeles con el que considerabas acusado, o quizás venga otro a juzgarte. Pero siempre llega.