28 octubre, 2007

Bailemos un chotis


Me dicen que espere. Que no corra ni huya a trompicones, que si te quedas quieta no te persiguen y el peligro te esquiva. Como cerrar los ojos y sentir que desapareces, que no te ven, que si te encuentran con los párpados cosidos es como si no estuvieras. Afino el oído, ni siquiera el viento consigue llegar hasta él, forma un remolino en los pliegues del cartílago: su silbido me inquieta. Porque ese silbido puede venir del aire, o puede venir de dentro. Un grito de las vísceras, del corazón arrugado, los pulmones ennegrecidos y el estómago anudado. El recuerdo de la víspera que se va deshaciendo por culpa del enganchón en la tela, límate las uñas, porque me estás dejando sin paños que me cubran.



Como cuando llenaba de aire la cabeza y apretaba debajo de la piscina: notaba salir el aire por el lacrimal, hacía burbujas; ya no hago presión, noto resbalar las lágrimas por la garganta. Trago.
Escupo flema.

Llorando viento y viviendo en una ceguera autoimpuesta. Oyendo con los ojos y tocando con palabras, la suavidad de una ostia y la sospresa ante una palabra inapropiada.
Pero aprópiate de mí, trátame mal, porque me sigue gustando el sabor de las lágrimas aunque no sean dulces, prefiero el sabor a mar. Conseguir que sean amargas como la hiel, que sea como masticar un grano de café y que no me guste sentirlas, perderles el gusto y que vuelvan a aflorar de donde deben, es mi máxima.
No quiero que las olas me ahoguen y se lleven tras de sí las palabras que te dediqué en la arena. Quiero recuperar el orden de los sentidos, reir mi risa, llorar las lágrimas, escuchar el viento, ver con los ojos y tocarte con las yemas de los dedos, con los surcos de la piel. Teñir con mis lunares. Capitanea mi barco y llévame a todos los lugares. Invitémosle a la luna a un whisky doble, que nos vea bailar un chotis desnudos, y que sea la mejor peli porno de las que vea esa noche.

Y después, consumirme a la par que un cigarro. Hasta el próximo chotis.
El calendario pierde hojas a ritmo vertiginoso, es lógico, al fin y al cabo estamos en otoño. El hoy se transforma en antaño rápido, y dejan de vivirse las cosas para recordarlas. Otra vez, cerrar los ojos y sentir que desaparezco, que no me ven, que si me encuentran con los párpados cosidos es como si no estuviera.

04 abril, 2007

Cuando era inocente

Oh, sí.

Buscas una mujer inteligente y que folle bien, ¿no? Me reconozco en esa imagen. Pura zorra vanidosa. Sí, chacho, pero es lo que hay.

Sabía que estábamos imantados. Desde que te vi hasta que supe quién eras, qué pasaron, ¿meses? Y seguimos coincidiendo. Tan tosco y animal. Tan jodidamente atrayente. Y cabrón, encima, ENCIMA, me aguantabas la mirada cuando nos cruzábamos entre el tumulto de la gente. Y cuando ya estábamos más que presentados te tuve bajo el punto de mira, como a nadie. Acoso y derribo. Quería follarte, sorprenderte y que vieras lo que era capaz de hacer. Joder, no tenía ni puta idea, jajajajaa. Había algo… y lo sabías, jodido gato. Seríamos la puta bomba.

Y lo fuimos.

Las coincidencias vuelven a mí como para recordarme cómo estábamos destinados, enmarañados como una madeja. Las madejas consiguen que siga liada y pierda la paciencia. Mantén la fe, ya.

Hemos crecido. De fogata a volcán, de granada a bomba nuclear. A veces sólo era sexo y otras cual caballero de la edad media jurabas lealtad al nombre de tus queridas (demasiado pretencioso por mi parte definirnos como amadas, en plural) ¡que nadie las injuriase! ¡le cortará la lengua! ¡que nadie las toque sin su consentimiento! ¡les cortaría las manos! Incluso recuerdo una vez que me preguntaste si no me sorprendía descubrir que de puertas a dentro eras otro. Vaya. Así que en realidad eres otro, eres este. Ya veo.

El que busca las mentes inteligentes. Las chatis carismáticas. Claro. Para hablar con ella. Para hablar conmigo. Oye, una pregunta, ¿cuándo?

Ay chato, más valía que no te engañaras a ti mismo. Eres como todos. No te creas tan especial.

“Ten fe”. Me aferro al tiempo y me desvanezco poco a poco. Incluso me planteo si el amor me resulta insulso o es que he perdido la capacidad de amar. Te lo has llevado todo mientras me hacía a ti, al chuleo. He pisado tanto de ese lado que ha terminado poseyéndome.

Y en consecuencia: tú, ya no, moreno. No, al menos, como antes.

Recuérdame cuando era inocente….


Sor Guinha (22/03/07)

12 febrero, 2007

Gotas


Ser como un vaso de cristal (de bohemia). Todos acabamos por colmarnos, copa de champán o botella de calimocho. Rebasar y decidir que achicar no sirve de nada.

Podría hablar de cómo en un día gris, como lo es hoy, las gotas echan carreras por la ventanilla del bus, y bla,bla,bla. La imagen típica. Pero es que son AUTÉNTICAS RIADAS que arrasan las dichosas gotas deformando la imagen.
Entran ganas de mear. Te recuerda a la obra de algún artista moderno con cascadas. Finalmente te lleva al recuerdo. Una playa. Abrir los ojos y no ver nada salvo la orilla y la arena arada alrededor de nosotros. Nos podría haber comido la máquina limpiadora esa, pero nada habría tenido sentido entonces. Casta piña con cuerpo de resaca, una mancha oscura en la arena difuminada por la densa niebla.

The show must go on a pesar de la nostalgia que trae la lluvia. La seriedad en los rostros y la impaciencia de la gente. A mí siempre me trae buenos recuerdos o clima galego. Cada estado climatológico deberíamos asociarlo a un recuerdo bueno (entrañable, irrepetible, cómico, pasional o incluso lujurioso) así no habrían días malos.



Y el tiempo, como los estados de ánimo puede cambiar en 2 segundos; cuando escribí esto hace unas horas estábamos borrascosos, ahora el sol nos hace entrecerrar los ojos.

Quiero ser mi propio clima.

12 enero, 2007

Cristales





Simplemente dejarse arrastrar… sin prisa pero sin pausa, para poder saborear cada ínfimo detalle. Degustar la sencillez de un caramelo de fresa que a la larga tiñe tu lengua y su sabor persiste, sin masticar, sin dejar que el ansia lo destroce. Lo importante no es tenerlo (¡corre al estómago! Ahí estarás seguro) sino sentirlo.






He mirado a través de la ventana y todo se deforma. Malditos cristales que hacen las funciones de nuestros malditos ojos. Tener que asomar medio cuerpo, a riesgo de tu integridad, para poder vislumbrar el cielo. Tétrico cubículo que habitas. Los patios parecen esperar que caiga la barra alargada y roja del tetris, llenar su vacío, sumergirnos en la oscuridad total. El olor a cocina, la sintonía de telediario, las bragas tendidas, la chica que fuma a escondidas. Todos ellos sin miras a la calle. La tiniebla de un bloque.

Brillan las cristaleras del cogollo financiero de Madrid, les han robado los destellos a las caras. Qué diferente se ve todo desde una terraza. El bullicio del tráfico y los espectros en traje de chaqueta. Al banco, a hacienda, a la seguridad social, a tomarse el café. Las reuniones de fumadores, que tienen que bajar varias plantas para poder darse el gusto. El café cuando llegan; el de media mañana, el pinchito. Siempre hay alguien observándoles también desde algún banco. Jubilados con el periódico doblado junto a ellos en el asiento, con el perro tumbado debajo lamiéndose las patas. Observan en silencio. Pasa rápido la gente: sola, en grupos. Pocos (muy pocos) vestidos con el mono, azul visible (no el de las adicciones, sino el de las obligaciones,) con un litro entre las piernas y el bocata en las manos. La hora del bocadillo. Sueñan con los coches de alta gama aparcados que no pagan ORA, la matrícula de diplomático, el chofer, los cristales tintados. En cada esquina un guardia civil o un policía nacional que miran con indiferencia la doble fila.

Y aquel hombre de espalda encorvada empuja el carro de sus pertenencias mientras el resto se aparta…
Simplemente dejarse arrastrar… sin prisa pero sin pausa, para poder saborear cada ínfimo detalle. Degustar la sencillez de un caramelo de fresa que a la larga tiñe tu lengua y su sabor persiste, sin masticar, sin dejar que el ansia lo destroce. Lo importante no es tenerlo (¡corre al estómago! Ahí estarás seguro) sino sentirlo.

He mirado a través de la ventana y todo se deforma. Malditos cristales que hacen las funciones de nuestros malditos ojos. Tener que asomar medio cuerpo, a riesgo de tu integridad, para poder vislumbrar el cielo. Tétrico cubículo que habitas. Los patios parecen esperar que caiga la barra alargada y roja del tetris, llenar su vacío, sumergirnos en la oscuridad total. El olor a cocina, la sintonía de telediario, las bragas tendidas, la chica que fuma a escondidas. Todos ellos sin miras a la calle. La tiniebla de un bloque.

Brillan las cristaleras del cogollo financiero de Madrid, les han robado los destellos a las caras. Qué diferente se ve todo desde una terraza. El bullicio del tráfico y los espectros en traje de chaqueta. Al banco, a hacienda, a la seguridad social, a tomarse el café. Las reuniones de fumadores, que tienen que bajar varias plantas para poder darse el gusto. El café cuando llegan; el de media mañana, el pinchito. Siempre hay alguien observándoles también desde algún banco. Jubilados con el periódico doblado junto a ellos en el asiento, con el perro tumbado debajo lamiéndose las patas. Observan en silencio. Pasa rápido la gente: sola, en grupos. Pocos (muy pocos) vestidos con el mono, azul visible (no el de las adicciones, sino el de las obligaciones,) con un litro entre las piernas y el bocata en las manos. La hora del bocadillo. Sueñan con los coches de alta gama aparcados que no pagan ORA, la matrícula de diplomático, el chofer, los cristales tintados. En cada esquina un guardia civil o un policía nacional que miran con indiferencia la doble fila.

Y aquel hombre de espalda encorvada empuja el carro de sus pertenencias mientras el resto se aparta…

13 septiembre, 2006

Contrastes



A veces ocurre que la realidad se atropella ante ti en forma de imágenes, imágenes tan dispares que parecen simples bocetos. Se diferencian tanto unas de otras, que cuesta asimilar que convivan bajo un mismo marco. Contrastes.
Les sitúo. Una estación de autobuses. Hora Punta. Cientos (por tirar a la baja) de robots con aspecto humano se cruzan entre sí buscando su dársena y tratando de no morir por intoxicación de dióxido de carbono. Caminan sin percatarse del otro, cabizbajos, o mirando por encima, y a través, de la gente. Nadie presta atención a un par de ojos que, a diferencia del resto, no tienen nada más que hacer excepto mirar, observar el ajetreo de la ciudad. Una ciudad que hace la vista gorda cuando descubre que esos ojos ayudados de unas manos vestidas de luto, revuelven la basura repleta de envoltorios. Y con ansia, llevan a la boca migajas, desechos de la muchedumbre. Incapaces de soltar un chavo. “¿Para que se lo beban y se “endroguen”? ¡Sí, hombre! ¡Que trabajen!”. Incapaces de comprar cualquier chuminada alimenticia y dársela. No,no, mejor tirar el borde del bimbo, que no me gusta.
Y así, con rabia en el estómago (no hambre) y el corazón volteado, te subes al autobús. Habiéndote sentido incapaz de mirarle al alma, e indigno de su gratitud; sigues sintiéndote culpable. Un donut es una mierda. Vuelta a los empujones y a la aglomeración. El busero saborío que no responde a tus buenos días, contra el amable conductor de la EMT que te los devuelve, concediéndote, como propina, una amplia sonrisa. Y oigan, las sonrisas a día de hoy parece que salen caras. La vieja que no gasta de eso y con cara de malas pulgas te hace la ficha completa mientras aprieta el bolso con recelo contra su cuerpo. La abuela que no acepta tomar asiento cuando se lo cedes –gracias,hija- sesea gracias a su mellada dentadura –si me bajo en la siguiente- y tú te quedas de pie por si decide cambiar de opinión.
Afinar el oído, alguien le grita al móvil porque no oye. Curiosa tendencia la nuestra. Y de fondo, un “píopío” ilocalizable; quizás haya un gorrión encerrado en el conducto del aire, te planteas. Descubres a un niño de unos seis años, con los ojos brillantes de entusiasmo, mirando por la abertura de una caja de cartón agujereada. Fin del misterio.
¡Ay, niño! Si tú supieras que la ilusión que te desborda llegará a su fin, que nada es eterno, y la vida se dobla sobre sí misma. Primero perderás el interés. Y un día encontrarás a tu pajarillo boca arriba, en su jaula, de la que no consiguió escapar. Quizás fuera de ella no hubiera vivido mucho, eso dicen. Eso nos dicen. Fin del piar. Que no llores mucho; al final siempre acaba cayendo la moneda por la cara a la que no apostaste.

(…)

29 mayo, 2006

De las manos...


Se quedó observándose las palmas de las manos de un modo hipnótico. Un estado similar al que debe sentirse al seguir con la mirada el pendular de un medallón, o al menos, eso nos venden los hombres del espectáculo. Un entrelazado de caminos serpenteantes formando una red infinita, delimitada únicamente por el instrumento de medición; en esa tarde, sus ojos. Podría haberse cortado un trozo de piel, y, bajo el microscopio, comprobar que la maraña de hilos que componen su vida es mayor de lo que pensaba. LE venían a la memoria la mitosis y los filamentos de sus años de colegio.
¿Sería una especie de escritura profética?
-No, eso no puede ser -se dijo ocultando las manos de su inquisitiva mirada.
El problema eran las decisiones, elegir la ruta que tomar cuando no quedaba más remedio.
Tomar el tren, o no tomarlo. No tiene nada que ver con comprar el billete, y mucho menos con reservarlo (y si eso lo recoges...).
¿Arriesgar?, decían que era lo suyo, dado que adoraba el juego, el alcohol, las drogas, el sexo. Pero para sí, sabía que en realidad perder todo aquello no significaba absolutamente nada. Sólo se trataba de la cabeza y el cuerpo, nada en comparación con el alma. Corazón, garganta, o estómago. Es igual. Eso lo llevaba en la palma, y cuando no se trata con la razón no hay elecciones que valgan.
Lentamente volvió a sacar las manos de su escondrijo. Clavó la vista en el lunar de la palma izquierda, bajo el dedo corazón; el monte de saturno, que le llaman los quiromáticos. No comprendía qué quería decirle la rueda de la fortuna.
Volteó las manos.
Las uñas perfectamente pintadas y cuidadas, dagas afiladas servían a su vez de dedos, cicatrices, quemaduras, otro par de lunares paralelos, como 2 ojos que acechan.
-Quizás me vigilan desde ahí mis dioses, mis amores perdidos, las vidas que extraño.
Se sentó en el sofá sin haber tomado aún la decisión que tanto la inquietaba. Sus manos no le hablaban claro, podría pasarse 6 días mirándolas y no entender nada de lo escrito. Y eso hizo. Seis días subsistiendo a base de marihuana, huevos y whisky, sin perder de vista sus manos.
Pero al séptimo día le interrumpió el teléfono en sus cavilaciones. Tendría que dejar de verse una mano.

-¿Si?
-Eh!hola; qué tal te va... llevo diez días sin saber nada de tí.
-Ya, he estado mirándome las manos.
-Ajá. No tienes muy buena voz.
-La mala vida.
-Bueno, te llamaba para zanjar la conversación que teníamos pendiente.
-... dime...
-No voy a hablar contigo en persona, porque así es todo más facil. He estado esperando a que hicieras algo,que decidieras, me llamaras.
-....
-y sigo esperando. Si te asaltan tantas duidas es por algo, que por desgraccia ni tú sabes qué es. Pero te lo voy a decir yo: tienes miedo. Es una opción válida, por supuesto, pero yo no dispongo de tanta paciencia... en resumen; me voy. Y no creo que vuelva en mucho tiempo. Me ha salido lo del trabajo ése que te conté, y lo voy a aceptar. No puedo más con las medias tintas. Lo siento.
-...
-Salgo esta tarde en tren para coger el ferry. No puedo alargar más esto.
-...
-¿No dices nada? Como siempre. ¿Ves?. Lo dicho. Cuídate, y un beso. No creo que nos volvamos a ver...

.... tu tu tu tu tu tu tu tu tu ............

El tono gélido y la decepción que percibió en su voz consiguió llenarle de lágrimas la cuenca de las manos.
Tenían una consistencia extraña, una energía moribunda con tal cohesión entre sus moléculas que no se le escurría nada entre las grietas de las manos. Permanecía inalterable, como un estanque helado que arde. En la superficie ondeaba su reflejo, y en el fondo se veía el lunar saturnino. Por un instante creyó reconocerse en él, pero el lago cristalino comenzó a teñirse de oscuro. Le recordaba al primer agua que sale de unas cañerías sin usar durante los últimos quince años. Se formó un remolino cuya magnitud iba in crescendo. Eran lágrimas azabaches, señal que inequívocamente interpretó como podredumbre del alma. Tanta pureza de sentimiento, tanto odio, y tanto amor encerrado, que al tomar contacto con el aire, al salir de su coraza, se oxidaba. Como el corazón de una manzana.
Se derrumbó sobre la alfombra sin sentido. El temblor de los labios auguraba la catástrofe. Abrió la boca y, el gusano que durante tantos años había alimentado con su introversión, escapaba, la abandonaba también, llevándose como trofeo su corazón. Chorreante de tinta negra.

Un último suspiro.

08 marzo, 2006

Pt 5.

Subió las escaleras mientras tanteaba en busca de la cajetilla de tabaco que tanto parecía resistirse a aparecer. No se explicaba cómo había podido aguantar ahí abajo 50 minutos sin fumar, le daba la sensación de que al final se habían salido con la suya mediante el rollo de las multas. La cajetilla seguía sin aparecer, pero acababa de localizar el medio cigarro que descapulló justo antes de entrar al metro casi una hora antes. Y todavia seguía ahí, en el mismo puto sitio.
Al menos, -pensó-,me ahorro un cigarro mientras me busco un teki.

Se dirigió a la esquina directamente, como sólo los expertos cazadores de taxis sabían hacerlo. La primera lección del manual era: cuanto más lejos del cruce te pongas, más espacio tienen los espontáneos para robarte el taxi a mitad de la calle.
Había un puesto de la ONCE instalado junto al semáforo, el vendedor en su caseita y su ventilador, y el perro con 20 cm. de lengua fuera. A Julián se le asemejaba a un filete cuarteado.
"Pobre chucho, debe fliparlo con esos pellejos".
Se moría de sed el animal, persiguiendo la sombra del kiosko en busca de alivio. Pero los perros guías son otro mundo, no tienen impulsos como el resto, inmutables ante los estímulos, es como si fueran capaces de comprenderlo todo, seguro que reflexionan muchísimo en plan "hombre, es lógico que yo esté aquí fuera pasando calor, y el jefe dentro, para eso es humano, yo soy un perro guía, me toca chupar banquillo y si hace sol, me jodo, es lo que toca en ésta época del año". Le daba la impresión de que se consideraban inferiores, tan sumisos, tan atentos. Le daban pena.
Por fin la luz verde que indicaba uno libre. POR FIN.
-A Río Ulla 17, por favor.
-Vamos, pues!

Durante el trayecto, Julián observaba al conductor disimuladamente por el retrovisor. Los admiraba. Siempre los había admirado, hablando con tanta gente pero sin implicarse, jugando a adivinar personalidades, perfeccionaban su sexto sentido hasta niveles insospechados. Leían intenciones. Además, conducir debía ser divertido, él no sabía, pero joder, la plei-esiteishon la tenía dominada. Qué diablos, perteneció a la primera generación que jugaba a las maquinitas, tenía que estar tirado, no debía ser muy distinto. Pero sacarse el carnet, daba una pereza increíble, y suponía una inversión que hoy por hoy prefería no hacer, al menos, en ese fin. Se decía a sí mismo que no le hacía tanta falta viviendo en el centro. Sus amigos siempre andaban quejándose, que si el aparcamiento, que si el tráfico, que si el precio de la gasilina, que si las obras.... ¿más comeduras de cabeza?, no gracias. Al menos, esa era la excusa que se ponía a sí mismo, en realidad no existían grandes inquietudes para él: juergas, mujeres y el dinero suficiente para mantener ambas cosas y su piso. La idea de la indigencia tenía su toque bohemio, bien para la locura, pero no para la realidad. Podía dormir en la calle, pero vivir era mucho más complicado.
Le sorprendía que el taxista no hubiera interrumpido sus divagaciones, pensó que no debía de tener un buen día, en fin, no se podía pedir todo. Era un taxista de los clásicos, de los que oían a camarón en una tdk sentados sobre sus respaldos de bolas de madera, bigote y cara de guasón, aunque sus ojos hoy reflejaban cansancio, o preocupaciones. Quizás le estresaba el haber dejado de fumar, había cambiado el cigarrillo humeante, por el de mentol plastificado. Eso sí, el codo lo mantenía en el borde de la ventanilla, como era de esperar.
Volvió a centrar su atención en el recorrido, ¿por qué sólo ciertos callejones mantenían la esencia de hace años?, y, esos callejones ahora eran sitios por los que recomendaban no pasar. Parece que nos hayamos acostumbrado a los grandes bulevares donde nunca se hace de noche, hileras de farolas, locales cegadores, iluminación de monumentos... olvidamos la oscuridad en su momento y se nos asilvestró, ahora nos quejamos. Por el día, sólo siguen yendo los "clásicos" del barrio a las antiguas plazuelas, los únicos que parecen querer aferrarse a sus recuerdos. Proablemente allí conocieron a su mujer, ya fallecida. O recibieron el primer beso. O enseñaron a sus hijos a montar en bici.

Por eso, por todas esas historias que esconde el asfalto añejo, Julián prefería los viejos barrios, con sus inalterables callejuelas. Era consciente de que su casa era una mierda, tendría el tamaño del salón de muchos de sus conocidos, pero estos eran sus dominios, los del rey del caos. Y las paredes tenían demasiado que contar.

Finalizó el trayecto, pagó la tarifa y le dejó algo de propina al taxista como acostumbraba a hacer. Cuando bajó detectó un olor a comida intensísimo desde la calle. Alguien debía de estar haciendo estofado o algo de eso que se hace en olla y que para él ha sido un misterio toda su vida. Estaba claro que lo que se comía con cuchara crecía en las latas de conserva. Otro de sus grandes aprendizajes desde que vivía solo.

Cogió las llaves, las llevaba amarradas al cinturón para no perderlas como solía pasarle antes. Con un salto de terraza tuvo bastante. Vió pasar la vida delante suya, qué acojone, no veas. No pensaba repetir. El telefonillo tenía desde hace un par de años un precioso piropo a alguna de mis vecinas, PUTA, ponía. Seguía sin saber a cuál de las tres iba dirigido, apostaba por la casada y con 2 hijos, tendría mucha más gracia.
Entró y revisó el buzón, "factura, factura, factura... malditas cartas impersonalizadas...". Las dejó donde estaban, con suerte alguien se las robaría. Nunca recibía cartas manuscritas, la realidad de su soledad quedaba patente. Lo sabía, pero no le importaba...







(............................. he de currarme un puto final!!!!!................)