Subió las escaleras mientras tanteaba en busca de la cajetilla de tabaco que tanto parecía resistirse a aparecer. No se explicaba cómo había podido aguantar ahí abajo 50 minutos sin fumar, le daba la sensación de que al final se habían salido con la suya mediante el rollo de las multas. La cajetilla seguía sin aparecer, pero acababa de localizar el medio cigarro que descapulló justo antes de entrar al metro casi una hora antes. Y todavia seguía ahí, en el mismo puto sitio.
Al menos, -pensó-,
me ahorro un cigarro mientras me busco un teki. Se dirigió a la esquina directamente, como sólo los expertos cazadores de taxis sabían hacerlo. La primera lección del manual era: cuanto más lejos del cruce te pongas, más espacio tienen los espontáneos para robarte el taxi a mitad de la calle.
Había un puesto de la ONCE instalado junto al semáforo, el vendedor en su caseita y su ventilador, y el perro con 20 cm. de lengua fuera. A Julián se le asemejaba a un filete cuarteado.
"Pobre chucho, debe fliparlo con esos pellejos".Se moría de sed el animal, persiguiendo la sombra del kiosko en busca de alivio. Pero los perros guías son otro mundo, no tienen impulsos como el resto, inmutables ante los estímulos, es como si fueran capaces de comprenderlo todo, seguro que reflexionan muchísimo en plan "hombre, es lógico que yo esté aquí fuera pasando calor, y el jefe dentro, para eso es humano, yo soy un perro guía, me toca chupar banquillo y si hace sol, me jodo, es lo que toca en ésta época del año". Le daba la impresión de que se consideraban inferiores, tan sumisos, tan atentos. Le daban pena.
Por fin la luz verde que indicaba uno libre. POR FIN.
-A Río Ulla 17, por favor.
-Vamos, pues!
Durante el trayecto, Julián observaba al conductor disimuladamente por el retrovisor. Los admiraba. Siempre los había admirado, hablando con tanta gente pero sin implicarse, jugando a adivinar personalidades, perfeccionaban su sexto sentido hasta niveles insospechados. Leían intenciones. Además, conducir debía ser divertido, él no sabía, pero joder, la
plei-esiteishon la tenía dominada. Qué diablos, perteneció a la primera generación que jugaba a las maquinitas, tenía que estar tirado, no debía ser muy distinto. Pero sacarse el carnet, daba una pereza increíble, y suponía una inversión que hoy por hoy prefería no hacer, al menos, en ese fin. Se decía a sí mismo que no le hacía tanta falta viviendo en el centro. Sus amigos siempre andaban quejándose, que si el aparcamiento, que si el tráfico, que si el precio de la gasilina, que si las obras.... ¿más comeduras de cabeza?, no gracias. Al menos, esa era la excusa que se ponía a sí mismo, en realidad no existían grandes inquietudes para él: juergas, mujeres y el dinero suficiente para mantener ambas cosas y su piso. La idea de la indigencia tenía su toque bohemio, bien para la locura, pero no para la realidad. Podía dormir en la calle, pero vivir era mucho más complicado.
Le sorprendía que el taxista no hubiera interrumpido sus divagaciones, pensó que no debía de tener un buen día, en fin, no se podía pedir todo. Era un taxista de los clásicos, de los que oían a camarón en una tdk sentados sobre sus respaldos de bolas de madera, bigote y cara de guasón, aunque sus ojos hoy reflejaban cansancio, o preocupaciones. Quizás le estresaba el haber dejado de fumar, había cambiado el cigarrillo humeante, por el de mentol plastificado. Eso sí, el codo lo mantenía en el borde de la ventanilla, como era de esperar.
Volvió a centrar su atención en el recorrido, ¿por qué sólo ciertos callejones mantenían la esencia de hace años?, y, esos callejones ahora eran sitios por los que recomendaban no pasar. Parece que nos hayamos acostumbrado a los grandes bulevares donde nunca se hace de noche, hileras de farolas, locales cegadores, iluminación de monumentos... olvidamos la oscuridad en su momento y se nos asilvestró, ahora nos quejamos. Por el día, sólo siguen yendo los "clásicos" del barrio a las antiguas plazuelas, los únicos que parecen querer aferrarse a sus recuerdos. Proablemente allí conocieron a su mujer, ya fallecida. O recibieron el primer beso. O enseñaron a sus hijos a montar en bici.
Por eso, por todas esas historias que esconde el asfalto añejo, Julián prefería los viejos barrios, con sus inalterables callejuelas. Era consciente de que su casa era una mierda, tendría el tamaño del salón de muchos de sus conocidos, pero estos eran sus dominios, los del rey del caos. Y las paredes tenían demasiado que contar.
Finalizó el trayecto, pagó la tarifa y le dejó algo de propina al taxista como acostumbraba a hacer. Cuando bajó detectó un olor a comida intensísimo desde la calle. Alguien debía de estar haciendo estofado o algo de eso que se hace en olla y que para él ha sido un misterio toda su vida. Estaba claro que lo que se comía con cuchara crecía en las latas de conserva. Otro de sus grandes aprendizajes desde que vivía solo.
Cogió las llaves, las llevaba amarradas al cinturón para no perderlas como solía pasarle antes. Con un salto de terraza tuvo bastante. Vió pasar la vida delante suya, qué acojone, no veas. No pensaba repetir. El telefonillo tenía desde hace un par de años un precioso piropo a alguna de mis vecinas, PUTA, ponía. Seguía sin saber a cuál de las tres iba dirigido, apostaba por la casada y con 2 hijos, tendría mucha más gracia.
Entró y revisó el buzón,
"factura, factura, factura... malditas cartas impersonalizadas...". Las dejó donde estaban, con suerte alguien se las robaría. Nunca recibía cartas manuscritas, la realidad de su soledad quedaba patente. Lo sabía, pero no le importaba...
(............................. he de currarme un puto final!!!!!................)